Había una vez un niño llamado Lío, que vivía en un pequeño pueblo rodeado de montañas y ríos chispeantes. Aunque Lío era un niño feliz, había un vacío en su corazón que no podía entender. Su mejor amigo, Tomás, había partido a un lugar lejano, y Lío sentía que había perdido una parte de sí mismo.
Cada noche, Lío miraba al cielo y se preguntaba por qué las estrellas brillaban tan intensamente. “Quizás ellas guardan los secretos de nuestros recuerdos”, pensó. Una noche, decidió visitar el Bosque de los Susurros, un lugar mágico donde se decía que las estrellas venían a hablar.
Al adentrarse en el bosque, Lío se encontró con un hada pequeña llamada Luma, que brillaba con luz propia. "Bienvenido, Lío", dijo Luma con una voz suave. "He estado esperándote. Sabía que querías hablar con las estrellas".
“Quiero entender por qué me duele tanto perder a Tomás”, respondió Lío, su voz temblando.
Luma lo llevó a un claro, donde un grupo de estrellas danzaba. Cada estrella era especial y representaba una emoción. Estaba la Estrella de la Tristeza, que emitía un suave brillo azul; la Estrella de la Esperanza, que relucía en un amarillo brillante; y la Estrella del Recuerdo, que centelleaba en todos los colores del arcoíris.
Lío se sentó en el suelo, sintiendo que su corazón se apretaba. "¿Por qué siento tanto dolor?", preguntó.
La Estrella de la Tristeza se acercó y dijo: "Yo soy parte de ti, Lío. Aquí estoy para mostrarte que el dolor es una respuesta natural al amor que sientes. Nunca olvides que amaste a Tomás".
"Luego está la Estrella de la Esperanza", continuó Luma. "Ella te recuerda que siempre hay nuevos comienzos, aunque ahora todo parezca oscuro".
“¿Pero cómo puedo seguir adelante?”, preguntó Lío, con lágrimas en los ojos.
La Estrella del Recuerdo se acercó, iluminando el espacio a su alrededor. "Los recuerdos son el hilo dorado que une los momentos vividos. Aunque Tomás no esté aquí, siempre puedes recordar los buenos tiempos que pasaron juntos. Es como un cofre lleno de tesoros en tu corazón, y puedes abrirlo cuando quieras".
Lío sintió un cálido consuelo en sus palabras y empezó a imaginar todos los momentos divertidos y felices que había compartido con Tomás. Sus risas, sus juegos, y cómo se ayudaban mutuamente.
"¿Puedo hablarle a Tomás de alguna manera?", preguntó Lío, sintiendo una chispa de esperanza.
Desde el fondo del claro, Luma le sonrió. "Puedes susurrarle tu amor cada noche. Las estrellas son como cartas que entregamos al viento; ellas llevan tus palabras hasta él".
Lío sonrió al pensar que podía seguir en contacto con su amigo. Comenzó a sentirse más ligero, como si el peso en su corazón se desvaneciera poco a poco.
A medida que las estrellas cerraban su danza, Luma dijo: "Recuerda, Lío, las estrellas que susurran siempre estarán contigo. Cada vez que sientas tristeza, llama a la Estrella del Recuerdo y ella te llevará de vuelta a esos momentos hermosos".
Cuando Lío regresó a casa, miró al cielo una vez más. Las estrellas brillaban más intensamente que nunca. Ahora sabía que podía sentir tristeza y también alegría al mismo tiempo, y eso estaba bien. Había aprendido que el amor puede brillar a través de los recuerdos.
Desde entonces, Lío visitó cada noche el Bosque de los Susurros, hablando con las estrellas y recordando a su amigo. Y en su corazón, ya no había vacío, sino un cálido refugio lleno de amor que siempre lo acompañaría.
Reflexión final
A veces, cuando sentimos tristeza, podemos recordar que el amor siempre vive en nosotros. ¿Qué recuerdos hermosos guardas en tu corazón que te hacen sonreír?
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